En estas tardes de otoño, donde todo se cubre de hojas, me siento bajo el árbol desnudo que hace de símbolo de este día de débil llovizna, que hace de ese manto de amarillas hojas pegajosas un lugar para poder alegrar el alma y la piel, toda atrapada por aromas, colores, ruidos, bichitos que escapan a refugiarse, algún pájaro osado que sale del nido y canta como saludandome.
Todo es maravilloso, todo es tan perfecto que debería de ser eterno, toda una vida dedicada a mirar el otoño desde mi ventana por la mañana, sentir la llovizna humedecer mi pelo, jugar entre hojas pegajosas, que maravilla, es estar con la parsimonia de una de esas tardes amarillas.
Un día sin sol, alguna voz del interior de la casa me distrae, nadie siente el otoño como lo siento yo, ya es hora de regresar, a la realidad, al cemento, al sitio de la sociedad que menos me gusta, a vestirme de realidad, me llevo en mis retinas este cuadro de tardes amarillas, aletargadas horas que pasan sin tiempo, las hojas caen en el almanaque, cuando el otoño prometía quedarse.

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